La IA plantea posibilidades casi infinitas y hasta hace poco, imposibles para muchas áreas del conocimiento y el hacer humano. Sin embargo, no son pocos quienes se han preocupado por la existencia de unos límites concretos y transparentes acerca de su uso.

La ética de la IA y las organizaciones

Las organizaciones que desarrollan tecnología basada en IA deben establecer unas normas éticas que sirvan para delimitar el campo de acción de los productos y servicios que crean. Y las empresas que adquieren esta tecnología, deben conocerlos.

La preocupación que existe por este tema puede medirse por la creación de una Asociación sobre la Inteligencia Artificial, creada por Elon Musk, fundador de Space X y Tesla y Sam Altman, copresidente de OpenAI. La idea de la asociación es establecer normas de juego para la IA, junto a otros líderes empresariales de esta área.

Ética tecnológica en la legislación

En diciembre de 2018 la Comisión Europea publicó el borrador de la primera guía ética para el uso de la inteligencia artificial, creada por 52 expertos en la materia. Entre los puntos que defiende, destacan:

  • La IA debe estar al servicio del ser humano.
  • La IA debe funcionar de manera robusta y fiable.
  • No debe limitar la libertad humana.
  • Se debe prestar atención a grupos vulnerables como los menores de edad o las personas con discapacidades.

Por su parte, en Estados Unidos, se prevé la puesta en marcha de una ley de transparencia que, entre otras cosas, hará que los consumidores sean advertidos previamente de que están comunicándose con un bot.

La solución inmediata: transparencia suficiente

Aunque la transparencia de los procesos debería ser el valor fundamental sobre el que descansa la ética de la IA, hay estudios que parecen demostrar que no siempre es bueno que las organizaciones sean totalmente abiertas con sus consumidores.

En Harward Business Review citaron un estudio en el que se demostró que si bien los consumidores rechazan los procesos “black box” (caja negra), que no revelan detalles de su funcionamiento, tampoco desean una transparencia total de las organizaciones. Lo que desean, en todo caso, es confiar en los procesos y saber que si algo va mal, pueden recurrir a las instancias necesarias para encontrar una respuesta.

Con esto en mente, y teniendo siempre como prioridad el bienestar humano, es posible construir una ética para la IA que permita más y mejores desarrollos tecnológicos sin vulnerar los derechos de los consumidores.